
En 2016 nos propusimos hacer algo que, hasta entonces, nadie había hecho: recorrer el río Guadiana de principio a fin en unas pequeñas embarcaciones construidas con fibras vegetales.
La idea había comenzado meses antes, cuando Alejandro del Moral y Maikol García decidimos unir nuestros conocimientos, nuestra curiosidad por la navegación primitiva y nuestra relación con el medio natural para construir unos barcos de enea y ponerlos a prueba sobre el Guadiana. No sabíamos exactamente hasta dónde nos llevaría aquella aventura. Sí sabíamos que queríamos algo más que una travesía deportiva.
Queríamos recuperar una idea antigua: el río como camino.
Un camino de agua capaz de comunicar pueblos, paisajes y personas. Una arteria que durante siglos había unido territorios y que, en muchos de sus tramos, parecía haber dejado de existir.
Durante treinta jornadas descendimos el Guadiana en aquellas frágiles embarcaciones. Desde las Lagunas de Ruidera hasta el océano, atravesamos paisajes muy diferentes, conocimos a sus habitantes, descubrimos historias, leyendas y formas de vida vinculadas al río y comprobamos, muchas veces de la manera más dura, hasta qué punto el agua condicionaba nuestro viaje.
Pero el Guadiana también nos mostró su otra cara.
En las Lagunas de Ruidera encontramos el comienzo de la aventura: aguas transparentes, barreras de travertino y los primeros porteos que obligaban a sacar los barcos del agua, cargarlos y volverlos a poner a flote. Aquello era solo el principio.
Más adelante llegó uno de los lugares que más nos impresionó: los Ojos del Guadiana. Allí el río que conocíamos desaparecía y aparecía la historia de un agua que durante siglos había sido interpretada como un río que moría para volver a nacer. Los Ojos se habían convertido en uno de los grandes símbolos del Guadiana, pero en nuestra expedición encontramos también el paisaje de la desaparición del agua.
Después llegaron las Tablas de Daimiel, nuestro humedal más cercano y uno de los paisajes que más profundamente nos habían marcado. Navegamos por un territorio construido por la confluencia del Guadiana y el Gigüela, acompañados por personas que conocían aquellas aguas desde generaciones atrás. Allí entendimos todavía mejor que hablar del río era también hablar de las personas que habían vivido de él y junto a él.
Aguas abajo, el río volvía a complicarlo todo.
El cauce desaparecía por momentos, los molinos quedaban como testigos de otro tiempo y nuestras embarcaciones tenían que continuar por tierra. Llegamos hasta Qalat-Rabah, la antigua Calatrava, una ciudad nacida precisamente de la relación con el río y convertida después en una ciudad fantasma.
Más tarde atravesamos las tierras del Vicario, entrando en el Campo de Calatrava y en un paisaje marcado por los volcanes y los antiguos usos del agua. Las embarcaciones, cada vez más empapadas y pesadas, seguían poniendo a prueba nuestra capacidad para continuar.
También quisimos que la expedición fuera un encuentro con las poblaciones ribereñas. Por eso llevamos nuestros barcos hasta Ciudad Real, entrando simbólicamente en su Plaza Mayor. El objetivo no era solamente avanzar río abajo: queríamos que el Guadiana volviera a entrar en los pueblos, en sus calles y en la memoria de sus habitantes.
Y finalmente llegamos al Puente de las Ovejas, después de atravesar un río cada vez más difícil de navegar y de encontrarnos con molinos, puentes, ruinas y antiguos caminos vinculados a la trashumancia. El agua volvía a marcar nuestro ritmo y, en algunos puntos, sencillamente no había suficiente para continuar navegando.
Aquella expedición terminó cambiándonos.
Diez años después, el recuerdo seguía ahí.
Y entonces surgió una pregunta:
¿Qué habrá cambiado en el Guadiana?
No queríamos volver a hacer exactamente lo mismo. Aquello ya formaba parte de nuestra historia.
Queríamos volver.
Pero esta vez de otra manera.
En 2026 hemos regresado al Guadiana para recorrer de nuevo sus paisajes, reencontrarnos con sus pueblos y comprobar qué queda de aquel río que conocimos diez años atrás.
Ya no llevamos barcos de enea.
Llevamos una moto, una cámara y una memoria demasiado llena de lugares que creíamos conocer.
Porque regresar a un lugar después de diez años no significa simplemente volver. Significa enfrentarse a los recuerdos y descubrir qué ha cambiado… y qué ha cambiado en nosotros.
Así nace Reencontrándome con el Guadiana.
Un viaje en cuatro capítulos siguiendo de nuevo las huellas de aquella Expedición Aborigen.
El primero comienza donde comenzó todo: en las Lagunas de Ruidera, siguiendo el Guadiana hasta el Puente de las Ovejas.
Diez años después, volvemos a mirar el río.
Y esta vez queremos descubrirlo con otros ojos.
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